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Un error afortunado

 21 jun 2019

Por: Ramón de la Peña

Les comparto un mensaje que recibí hace tiempo y que refleja mucho una posible estrategia para cambiar la vida de una persona: “En el salón de clase había dos alumnos que tenían el mismo apellido: Urdaneta. Uno de los Urdaneta, el más pequeño, era un verdadero dolor de cabeza para la maestra: indisciplinado, poco aplicado en sus estudios, buscador de pleitos. El otro Urdaneta, en cambio, era un alumno ejemplar”

Tras la reunión semanal de maestros, una señora de modales muy finos se presentó a la maestra como la mamá de Urdaneta. Creyendo que se trataba de la mamá del alumno aplicado, la maestra se deshizo en alabanzas y felicitaciones y repitió varias veces que era un verdadero placer tener a su hijo como alumno.

Pero a la mañana siguiente, el Urdaneta revoltoso llegó muy temprano al colegio y fue directo en busca de su maestra. Cuando la encontró, le dijo casi entre lágrimas: “Muchas gracias por haberle dicho a mi mamá que yo era uno de sus alumnos preferidos y que era un placer tenerme en su clase. ¡Con qué alegría me lo decía mamá! ¡Qué feliz estaba! Ya sé que hasta ahora no he sido bueno, pero desde ahora lo voy a ser”

La maestra cayó en la cuenta de su error, pero no dijo nada. Sólo sonrió y acarició levemente la cabeza de Urdaneta como un gesto de profundo cariño. El pequeño Urdaneta cambió totalmente desde entonces y fue, realmente, un placer tenerlo en clase.

El mensaje esencial es que: “Las expectativas que abrigamos hacia una persona se las comunicamos y es probable que se conviertan en realidad. Esto es lo que se conoce como Efecto Pigmalión. Según la mitología, Pigmalión, rey legendario de Chipre, esculpió en marfil una estatua de mujer tan hermosa que se enamoró perdidamente de ella. Invocó a la diosa Venus, quien atendió las súplicas del rey enamorado, y convirtió la estatua en una bellísima mujer de carne y hueso. Pigmalión la llamó Galatea, se casaron y fueron muy felices. El mito de Pigmalión viene a significar que las expectativas, positivas o negativas, influyen mucho en las personas con las que nos relacionamos. De ahí la importancia de tener expectativas positivas de nuestros alumnos, de nuestros hijos, de nuestros colaboradores. La capacidad de aceptar a los otros como son, y no como quisiéramos que fueran, y de comunicarles dicha aceptación mediante palabras o gestos, es tal vez la principal herramienta para producir cambios positivos en el crecimiento y desarrollo de la persona.

Diferentes investigaciones han demostrado que “Las expectativas de los maestros y de los padres constituyen uno de los factores más poderosos en el rendimiento escolar de los alumnos. Si el maestro tiene expectativas positivas respecto a sus alumnos, se las comunica y logra que estos avancen. Lo mismo si son negativas. Si el maestro está convencido de que sus alumnos -o alguno de ellos- son incapaces, los vuelve incapaces. Como dice Fernando Savater: “Si piensas que tu alumno es un idiota, si en realidad no lo es, pronto lo será”. Si, por lo contrario, el maestro está convencido de que tiene en su salón un grupo de triunfadores, los vuelve triunfadores. Si el maestro tiene una autoestima positiva, valora su trabajo y se encuentra a gusto consigo mismo, la comunica a sus alumnos. Por el contrario, el maestro amargado, sin entusiasmo ni ilusión, cubre toda la acción educativa con un manto de pesimismo y frena el aprendizaje de sus alumnos”

Así que evitemos toda palabra, gesto u opinión ofensiva. “Eres un inútil; no sabes nada. Subraya siempre lo positivo, y, sobre todo, no dejes nunca de querer a tus alumnos. Querer a los alumnos no es alcahuetearlos ni abrumarlos con ilusorias expectativas que los lleven a imaginar que son el ombligo del mundo. Querer a los alumnos supone interesarse por ellos, por su crecimiento y su desarrollo integral, alegrarse de sus éxitos, aunque sean pequeños y parciales y, sobre todo, nunca perder la fe ni la esperanza.

 

 

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