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De la incomunicación, el hartazgo y el whatsapp...

 11 oct 2018

Por: Liz Mariana Bravo Flores

Perfil del Autor


Liz Mariana Bravo Flores



Semblanza
Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por la Universidad de Xalapa, donde también cu ...



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Confieso que estoy harta y me he salido de los grupos familiares, escolares y profesionales; que he silenciado y hasta bloqueado del whatsapp a muchos contactos.

En medio del estrés habitual, del ritmo de trabajo y las carreras cotidianas, me enloquece más de lo habitual recibir, en un horario promedio de las cinco de la mañana hasta las tres horas del día siguiente, miles de mensajes, memes, videos, cadenas de oración, plegarias, bendiciones, rituales de la abundancia, vendimia, promociones, chistes, hombres buenísimos o espantosos –y por qué no, en el desliz de algún despistado que reenvía a todos sus contactos por inercia, también mujeres-; mensajes alarmistas, “noticias” que llevan más de 500 días dando la vuelta por las redes sociales, las nuevas formas de robo, extorsión o secuestro; estampas de ¡ya amaneció!, excelente noche, feliz miércoles, bienvenido octubre, adiós septiembre,  no quiero que sea lunes; o que Dios, los ángeles, astros y el universo completo iluminen tus sueños.

Sé que puedo sonar amargada y les juro que no lo estoy, pero no comprendo que haya personas que se sienten obligadas a darnos a diario los buenos días y noches sin importar la distancia o los años que llevemos sin vernos pero que no son capaces de tipear o responder a la suma de esas cuatro letras que dan inicio a una conversación normal entre humanos: Hola.

Los chats actuales son un permanente intercambio de imágenes de todo tipo que saturan la memoria del teléfono y, peor aún, la vista del usuario, convirtiéndose así en contaminación visual y, en sus casos, auditiva “a domicilio”.

El problema se multiplica cuando esa persona que emite 10 imágenes cada 15 minutos, comparte contigo dos o más grupos y, se magnifica cuando tienen en común a varios contactos con la misma adicción de reenviar a toda su lista de distribución todo cuanto llega a sus teléfonos.

Es así que recibimos al día 30 veces a la mujer narrando cómo intentaron robarle con el cuento de la llanta que se le iba a salir, 700 veces la última pifia del Presidente y 5 mil veces el más reciente meme del tema en boga.

¿De verdad a Ustedes no les aturde? ¿No prefieren decir “Hola” y contarse los aconteceres de cada una de las partes o, en el mejor de los casos pactar un café o momento para compartir en vivo y a todo color?

Para ser honesta yo lo prefiero. Los mensajes que respondo con una sonrisa son los de la familia o los amigos que me comparten sus logros, fracasos, alegrías o dolores; aquellos que me mandan la foto de mi contacto en la Torre Eiffel, posando junto a los pandas en China, o arrullando al más pequeño integrante de la familia.

Y sí, más allá de intentar a toda costa comunicarme con mis afectos –en toda la extensión que abarca este hermoso circuito, con su retroalimentación, emisión, percepción, canal, etc., lo cierto es que, al igual que un gran número de personas que pertenecemos al mundo laboral, también uso el whatsapp para trabajar y no podemos vivir con el teléfono apagado o en silencio porque durante el día llegarán mensajes relacionados con nuestro modus vivendi, pero tampoco podemos –y al menos en mi caso no tengo ganas- dedicar más de la mitad del día a ver tantas tonterías.

La verdad es que siento feo silenciar, bloquear o no abrir los mensajes enviados por integrantes de mi familia o amistades cercanas; pero siento más feo saludarles, dedicarles tiempo para preguntar por las novedades de sus vidas, compartirles las mías y recibir como respuesta sólo otro meme reenviado al vapor porque la adicción del whatsapp nos ha convertido en zombies incapaces de comunicarnos.

Confieso que tengo hastío de que el whatsapp, pese a ser una herramienta que nace con el fin de acercarnos y facilitar la comunicación, en los más de los casos nos incomunica, nos silencia y genera zombies manda-basura que desinforman, alarman o simplemente se mofan de alguien o algo.

Concluyo cantando este fragmento de Si se calla el cantor, que entonaba la Negra Tucumana y nos recuerda la importancia de No callar y, en este caso, de no truncar la comunicación:

“…Que no calle el cantor porque el silencio, cobarde apaña la maldad que oprime,

No saben los cantores de agachadas, no callarán jamás de frente al crimen…”

Liz Mariana Bravo Flores

Twitter: @nutriamarina

 

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