miércoles 29 abril 2026 11:25 AM
Redactor : Adriana Wilson
A sus casi 103 años, Doña Vitolita Galán comparte una vida marcada por cambios profundos, recuerdos entrañables y una filosofía basada en la sencillez. Con lucidez y serenidad, resume su existencia en una sola palabra: “bien”, agradecida por haber tenido siempre “las comodidades que podía uno obtener”.
Recuerda que su infancia transcurrió en un entorno muy distinto al actual, donde “no había muchas cosas que tienen ahora” y el calor se enfrentaba durmiendo en “hamacas porque era más fresco”, aunque reconoce que “no era muy cómodo”. Aun así, asegura que era una vida diferente, tranquila y cercana.
Sobre el Tabasco de su juventud, describe una convivencia que hoy parece lejana: “se acostumbraba en las tardes sacar un silloncito… los vecinos todos estábamos sentados en la banqueta”, en un ambiente “muy tranquilo” donde podían conversar libremente.
En su infancia, evoca con alegría los juegos en la Plaza de Armas: “patinaba uno… todas las amiguitas… jugando”, en dinámicas sencillas como esconderse y buscarse. También recuerda las serenatas: “los jueves y los domingos llegaban los músicos… tocaban en el kiosco”.
Aunque afirma que no fue traviesa, sí destaca su amor por la lectura: “me gustaba mucho la lectura… el libro del Tesoro de la Juventud”, especialmente temas como “la historia de la Revolución Francesa”.
El amor llegó temprano a su vida: “me empecé a enamorar desde que estaba yo muy chiquita”. Relata cómo conoció a su esposo, quien le enseñó a bailar: “yo no sé bailar… ah, pues te voy a enseñar”, iniciando así una relación que marcaría su historia. Considera que uno de los momentos más importantes fue su matrimonio: “lo más importante… fue mi matrimonio”.
Sin embargo, el nacimiento de su primer hijo también ocupa un lugar especial, aunque estuvo acompañado de dificultades: “me hizo falta mucho mi mamá… yo no tenía experiencia”, pero logró salir adelante con apoyo de otras personas.
Doña Vitolita reconoce que la vida también le presentó momentos duros. Sobre la muerte de su esposo, expresa con honestidad: “fue una liberación… tenía muy mal genio”. En contraste, la pérdida que más le ha marcado es la de sus padres: “la falta de mi papá, de mi mamá… el afecto de ellos es lo que más me da tristeza”.
De su padre recuerda el cariño: “me apapachaba mucho… era consentidor conmigo”, mientras que describe a su madre como “muy estricta”, pero agradece profundamente sus enseñanzas: “me enseñó a hacer vestidos… eso me ayudó mucho”.
Sobre las tradiciones, rememora las ferias con kioscos representativos: “cada municipio tenía su kiosco”, así como los paseos con amigas en los parques: “dábamos vueltas… sobre todo los jueves y domingos”.
En cuanto a los cambios generacionales, adopta una postura comprensiva: “cada generación tiene su diversión… se divierten a su modo”.
Su longevidad, asegura, se debe a hábitos sencillos: “nunca fumé”, evitó refrescos embotellados y mantuvo una “alimentación casera… nada de enlatados… todo natural”.
Agradecida con la vida, afirma que si pudiera hablar con Dios, le diría: “le daría las gracias por los años que me dio con salud”.
Finalmente, deja un mensaje claro para las nuevas generaciones: “que se preparen, que estudien… que no pierdan el tiempo”, destacando la importancia de construir un futuro sólido a través del esfuerzo y la educación.
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