OPINIÓN

Decidir cómo vivir hasta el último instante

Hablar de la muerte sigue siendo, para la cultura mexicana, un ejercicio profundamente contradictorio. Somos un país que celebra el Día de Muertos con flores, pan y memoria colectiva, pero que evita conversar seriamente sobre el proceso real de morir. En ese silencio cultural surge una de las leyes más humanistas —y menos comprendidas— del sistema jurídico mexicano: la Ley de Voluntad Anticipada.

La voluntad anticipada no trata de morir; trata de decidir cómo vivir el final de la vida.

En México, este instrumento jurídico permite que una persona, en pleno uso de sus facultades mentales, exprese de manera libre e informada si desea o no recibir tratamientos médicos que prolonguen artificialmente su vida cuando enfrente una enfermedad avanzada, incurable o terminal. No es eutanasia. No implica acelerar la muerte. Significa permitir que la muerte siga su curso natural, privilegiando el alivio del dolor y la dignidad humana mediante cuidados paliativos. ()

El problema es que socialmente seguimos confundiendo conceptos. La eutanasia continúa siendo ilegal en el país, mientras que la voluntad anticipada representa un acto de autonomía personal y responsabilidad ética. Es, en esencia, un diálogo anticipado entre la persona, su familia y el sistema médico sobre los límites del tratamiento cuando la medicina ya no puede curar, sino únicamente prolongar el sufrimiento. ()

La ley comenzó a abrirse paso en distintas entidades federativas desde finales de la primera década del siglo XXI y hoy existe regulación en varios estados del país, aunque todavía no constituye una legislación federal homogénea. Este hecho revela algo más profundo: México avanza jurídicamente hacia el reconocimiento del derecho a una muerte digna, pero lo hace de manera fragmentada, reflejando las tensiones morales, religiosas y políticas que rodean el tema. ()

¿Por qué cuesta tanto hablar de esto?

Porque aceptar la voluntad anticipada implica reconocer nuestra vulnerabilidad. Significa asumir que la tecnología médica tiene límites y que la vida no siempre debe medirse en días adicionales conectados a una máquina, sino en la calidad humana de los últimos momentos.

Desde la perspectiva académica, la voluntad anticipada representa un cambio de paradigma bioético: pasamos del modelo paternalista de la medicina —donde el médico decidía por el paciente— hacia un modelo centrado en la autonomía individual. El paciente deja de ser objeto del tratamiento para convertirse en sujeto de decisión.

Pero también plantea desafíos sociales profundos.

Primero, la falta de información. La mayoría de los mexicanos desconoce que puede firmar este documento antes de enfermar gravemente. Seguimos pensando en testamentos patrimoniales, pero rara vez en un “testamento vital”. Paradójicamente, planificamos la herencia económica, pero evitamos planificar el proceso humano más inevitable.

Segundo, el miedo familiar. Muchas familias interpretan la voluntad anticipada como un abandono o una renuncia a luchar, cuando en realidad es un acto de amor que evita decisiones dolorosas en momentos críticos. Quien deja expresada su voluntad libera a sus seres queridos de la carga moral de decidir entre prolongar la vida o permitir un final digno.

Tercero, el reto institucional. La ley exige sistemas hospitalarios preparados en cuidados paliativos, acompañamiento psicológico y respeto irrestricto a los derechos del paciente. Sin estos elementos, la voluntad anticipada corre el riesgo de convertirse en un documento simbólico más que en una práctica médica efectiva.

En un país donde la esperanza de vida aumenta y las enfermedades crónico-degenerativas crecen aceleradamente, la discusión ya no es opcional. Hablar de voluntad anticipada es hablar de envejecimiento, de salud pública y de derechos humanos.

Tal vez la pregunta no sea si queremos vivir más tiempo, sino cómo queremos vivir hasta el final.

La verdadera modernidad de una sociedad no se mide únicamente por su tecnología médica, sino por su capacidad de acompañar la fragilidad humana con dignidad, empatía y libertad.

La Ley de Voluntad Anticipada nos invita justamente a eso: a reconciliarnos con la finitud, a ejercer la libertad incluso en el último capítulo de nuestra historia y a comprender que decidir sobre nuestra propia vida —y sobre nuestra propia muerte natural— es, en última instancia, el acto más profundo de autonomía humana.

Porque morir con dignidad no es renunciar a la vida.

Es reconocer su valor hasta el último instante

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