Recientemente descubrí una frase que me fascinó: “Lo mejor está por venir”. No les creas, porque yo a veces no voy. Entonces comprendí que Andrés Manuel López Beltrán también la conoce; su decisión de dar entrevistas solo a determinados medios de comunicación lo deja en claro.
Y ya que de claridad hablamos, a esta “promesa” de la política mexicana —y que quede claro que yo no he dicho que promete, eso lo dirá él, pero de que promete, promete— ha hecho clara alusión a que es el blanco, la carne de cañón, la víctima de comentarios que buscan desacreditarlo y, por qué no, también la víctima de este país que ama la cultura del meme. Así que, en lugar de agregarle una rayita más al tigre, dejaremos que la ciencia del comportamiento no verbal revele a Andrés Manuel López Beltrán y qué hay detrás de lo que dijo.
Nos adentraremos al mundo donde el cerebro revela a través del cuerpo las emociones; lo que siente antes de emitir palabra, lo que la neurobiología del comportamiento revela y que está muy lejos de críticas y secretas intenciones (cual título de novela de Televisa) de las que tanto se queja este aspirante a diputado y su equipo.
Iniciemos.
Generalmente una buena entrevista requiere de dos elementos: del expertise del entrevistador y de la disposición del entrevistado. En este caso nos encontramos con un formato acartonado, sin información que realmente aporte novedad o interés, y esto se explica porque la tensión en el estudio de grabación se sentía. El cuerpo revela lo que las palabras callan, y en esto radica precisamente la belleza de la ciencia del comportamiento no verbal.
Mientras el entrevistador inicia diciendo que son las 8 de la mañana con 22 minutos, Andrés Manuel realiza una expresión facial que es una joya: eleva los labios superiores, mostrando asco. Es el gesto clásico de cuando nos acercamos a algo que huele mal. La expresión facial es compatible con una reacción de incomodidad intensa ante el contexto de exposición pública.
Cuando el entrevistador dice: “Me da gusto recibir en los estudios de Grupo VX, de La Grande de Tabasco, a Andrés Manuel López Beltrán”, en ese momento Andrés realiza dos movimientos que revelan muchísimo de quién es y cómo se siente: primero eleva la barbilla —se siente orgulloso, demasiado a juzgar por la intensidad de la elevación—. Acto seguido, realiza un movimiento afirmativo con la cabeza. Está asintiendo, aprobando el uso de su nombre completo.
Y esto cobra un significado especial si consideramos que lo de "Andy" ya le calaba de tiempo atrás. Expliquemos por qué.
Para el ser humano —y esto ya lo decía sabiamente Dale Carnegie en su libro *Cómo ganar amigos e influir sobre las personas*— el nombre de una persona es la melodía más dulce para sus oídos, porque es su identidad. Pero esto no basta: la forma en que se dice y se pronuncia adquiere relevancia. Precisamente ayer, conversando con una amiga extraordinaria, me llamó por mi nombre con todas sus letras dentro de su mensaje; supe de inmediato qué pasó: sí, era un jalón de orejas verbal. Rato después volví a ser Geno, y esto nos da una idea completa de lo que hay en la psique de nuestro personaje de análisis.
"Andy" es para los cuates y, en los últimos años, una forma despectiva que adoptaron muchos para llamar al hijo del expresidente López Obrador. Pero también es la costumbre adquirida de nombrar a alguien que se llama igual que el padre; "Andy" es el diferencial generacional, experiencial, y forma parte de la cultura política popular de nuestros días.
Así que, en este contexto, el nombre completo representa su identidad completa; ya no es el junior, el hijo de AMLO. Pero también es la estrategia para ganar, porque en ese nombre está la marca ganadora, el valor referencial para obtener votos. Ah, y eso no lo digo yo, es la ciencia de la imagen pública; es valor reputacional, no una ocurrencia a la que tanto le teme la llamada Cuarta Transformación.
Andrés sonríe forzado, se nota tenso, incómodo, nervioso. Se entiende, porque los medios de comunicación no son parte de su cotidianidad; está totalmente lejos de su zona de confort y proyecta señales compatibles con alguien que se siente expuesto.
El primer error en la entrevista y en su comunicación es girar. La silla es el medio de expresión de un nerviosismo que nos recuerda que superhéroes como la Mujer Maravilla no son los únicos que pueden girar para transformarse.
Cuando el entrevistador señala que Andrés es ampliamente conocido y dice: “después de su renuncia a la Secretaría de Organización de Morena”, justo en ese momento el entrevistado realiza una expresión de desprecio. Esto es importante porque revela incomodidad y emociones negativas durante ese episodio de la renuncia. Ahí hay un punto emocionalmente sensible que el ojo entrenado no solo capta, sino que en una entrevista funciona como indicador conductual relevante.
Sin embargo, la presentación aún va agarrando ritmo, uno que nos llevará por el camino de las planicies y no de montañas y valles que nos enganchen para terminar diciendo "qué buena entrevista".
Nuevamente, al decir que su nombre comenzó a circular muy fuerte, Andrés se reacomoda y, en un movimiento de reajuste, eleva la barbilla para dejar aparecer una microexpresión de asco.
Toca el turno de Andrés de expresarse y, cuando habla de su gestión al frente de la Secretaría de Organización de Morena, nos encontramos con una particularidad: “creo que cumplí cabalmente con mis obligaciones en dicha secretaría”. Pero al terminar de decir "secretaría", se escala otra microexpresión de asco, y al asegurar que cumplió cabalmente con sus obligaciones su tono de voz baja, lo que indica poca seguridad, especialmente cuando va precedido de una muletilla al decir: “creo que... cumplí”.
La experiencia en el análisis conductual y las bases metodológicas indican que cuando varios gestos y expresiones son reiteradas en cierto aspecto, entonces tenemos mayor solidez interpretativa respecto a la emoción observable que el rostro y/o el cuerpo reflejan.
En el minuto 2 con 18 segundos, Andrés habla de momentos de cambio y que en esos cambios “estamos echados pa’ delante”. Pero el único que no se echó para adelante fue su cuerpo, el cual giró con antelación y, al decir "adelante", se echa para atrás. El desfase entre el lenguaje verbal (“echados pa’ delante”) y el desplazamiento físico (el giro y retraimiento del tronco hacia el respaldo) es un manual de escuela de la fuga no verbal. El cerebro límbico busca marcar distancia o protegerse mientras el neocórtex intenta proyectar arrojo y dinamismo.
Un exceso de seriedad y molestia contenida se observa en el minuto 2 con 18 segundos. Su boca, especialmente el labio inferior, denota tensión y, justo en milésimas de segundo, aparece otra microexpresión de asco; un segundo después, la expresión de ira es notoria.
Entonces, ¿qué le pasa a Andy? La tensión del labio inferior (AU24) combinada con el destello de fijación ocular en esos milisegundos no es mera seriedad ejecutiva: es una señal compatible con molestia contenida. Es el esfuerzo neurobiológico por regular emocionalmente la tensión que le genera verse cuestionado en un terreno que claramente no domina con naturalidad comunicativa.
Ya lo dijo Facundo Cabral: “Ni soy de aquí, ni soy de allá”, y aunque no sabemos si al heredero de AMLO le guste la bohemia, ya nos quedó claro que las entrevistas no son lo suyo.
En el minuto 2:24, al hablar de dónde nació y creció, adopta una postura de timidez: baja las manos, pega los brazos a su tronco y, para acabar de montar una barrera y anular su comunicación efectiva, cruza las manos.
Cuando dice que se fue a vivir a la Ciudad de México “por motivos obvios”, su cuerpo está listo para huir: primero se hace para atrás, como escapando del recuerdo; luego hace un movimiento notorio: se levanta ligeramente del asiento y se reincorpora de nuevo. El tema parece activar una carga emocional relevante, no necesariamente por lo que narra, sino por lo que esa etapa podría representar dentro de su experiencia personal.
Cuando dice que se fue toda la familia a la Ciudad de México, su cabeza lo niega, seguido de una microexpresión de asco. Continúa diciendo que allá estudió y, nuevamente, hay una fuga emocional: deja asomar un movimiento negativo de cabeza que no acaba de completar.
Menuda sorpresa me he llevado cuando dice que siempre tuvo arraigo a su tierra. Caramba, pues lo que expresa verbalmente es arraigo, pero acompañado de un levantamiento de hombro unilateral que introduce incongruencia conductual. “Soy tabasqueño de nacimiento”, y ahí nuevamente los hombros se levantan; la emoción observable no parece alinearse completamente con el contenido verbal que intenta proyectar.
Viene la pregunta de los 64 mil: “¿Cómo se ve Tabasco justamente desde la Ciudad de México?”. Él responde: “Pues bien, creo que Tabasco es un estado que está encaminado en la cuarta transformación...”. Pero ese "bien" también viene acompañado de un encogimiento de hombros, un desentendimiento parcial entre la expresión corporal y lo que verbaliza.
Después de unas flores elogiosas al actual gobernador, remata con una respuesta simple que proyecta más generalidades políticas que conocimiento profundo de la realidad estatal. Y al decir esto, se siente orgulloso de su respuesta.
En los minutos 4:21 y 4:22 se vuelve a despegar del asiento y se reacomoda, seguido de muecas en la boca. ¿Así o más incómodo? ¡Pero si las preguntas están suavecitas!
“¿Qué tanto conoces el distrito?”. Él dice: “Bueno, lo conozco bien”. Ahora levanta la cabeza y mueve los ojos hacia arriba; hay alta actividad cognitiva, está buscando la mejor respuesta. Para luego dar paso a dos muletillas sin ritmo: “eh, eh viví en la Ciudad de México, pero siempre tuve mi rancho y mi negocio”, y al momento de decirlo vuelve a elevar los dos hombros, clara muestra de distanciamiento emocional respecto a lo que afirma.
Cuando menciona que fue delegado en Tabasco en la fundación de Morena, aparece nuevamente el mismo gesto. Resulta llamativo que, al mencionar cargos y responsabilidades, el cuerpo vuelva a presentar señales recurrentes de incomodidad y distanciamiento.
Demasiadas muecas en la boca, contracciones y labios apretados surgen cuando le hablan de que ha puesto nervioso a la competencia, a los otros partidos políticos. A todas luces, la conducta general proyecta una necesidad constante de regulación emocional y escape de la situación. Todo apunta a que se encuentra fuera de su zona habitual de dominio comunicativo, y no le queda del todo claro que la arena mediática se conquista con destreza comunicativa, no para caerle bien a los periodistas, sino porque, al final de cuentas, la labor de los medios es llegar a las masas; a esos votantes a los que Andrés Manuel López Beltrán tendrá que conquistar a pie.
Él dice que se someterá al escrutinio de la gente. Qué fantástica noticia, lástima que esa frase venga acompañada de una microexpresión de desprecio del lado derecho. Y eso no es poca cosa: lo relevante es que el desprecio aparece justo en un momento discursivamente sensible, y eso vuelve significativa la emoción observable.
La joya de la corona la encontramos cuando, del minuto 6:05 al 6:07, dice: “nada está heredado”, pero su cabeza realiza un movimiento afirmativo que contradice lo que afirma en ese momento, para continuar con un “nada está dado”.
Ya lo dijo Juan Gabriel: “¿Nada, nada, nada, nada?”. Pero aquí no es la Dúrcal la que nos dice que no y que no, sino la 4T, donde, a juzgar por el desempeño observado, el entrenamiento mediático no parece haber sido prioridad.
Nos leemos a la próxima. Ah, y recuerden: el hijo, el orgullo de don Andrés, no es Andy; es solo Andrés Manuel, el señor López Beltrán. Pero yo, yo soy Geno para los cuates.
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