“Si no estás en la mesa, estás en el menú”, es la idea más citada del discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá en el foro económico mundial de Davos, Suiza. Esta frase describe el futuro geopolítico, las grandes corporaciones trazarán su línea de influencia entre subordinados, proveedores, consumidores y esclavos modernos.
Es el adiós al orden mundial de la posguerra (1945) y que entronizó al capitalismo neoliberal en 1989, con el derrumbe del socialismo en Europa del Este. Estados Unidos partió el queso. Orden mundial que en sus dos versiones (Guerra Fría y Globalización comercial) no era justo ni parejo. Los países satélites no alcanzaron la prosperidad prometida y la incertidumbre domina hoy en la geopolítica.
Fue signo ético que el primer ministro de Canadá iniciara su discurso con referencia al intelectual checo Vaclav Havel en su ensayo “El poder de los sin poder” (1978). Honestidad y verdad, en el análisis situacional de países pequeños y medianos, implica superar autoengaños y no “vivir en la mentira” -como reconoció Carney- que se vivió entre 1989-2025. En el mismo sentido, de realismo y búsqueda de opciones, el presidente de Brasil, Lula da Silva, planteó la “integración comercial no alineada al poder geopolítico que busca más ventajas para países potencia.” Dedicatoria a Estados Unidos y Trump. Señal positiva es el acuerdo comercial que la Unión Europea (debilitada) firmó después del foro de Davos con países del BRICS: Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica. El ruso Vladimir Putin, más allá de intereses geopolíticos y actitud imperial, enfatizó que “el orden unipolar se despidió” y urgió a “construir nuevas reglas de intercambio comercial”. En realidad ya ganan Estados Unidos, China y Rusia. Mundo tripolar; por comercio, armas y colonias.
Carney hizo una autocrítica: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa, que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera; que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima.” Interesante evaluación: no es posible retornar a ese orden mundial que enmascaraba injusticias, según el tamaño e importancia de cada país.
¿Cuáles eran las zanahorias? Carney las identificó: “esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias.” Ahora se padece el aislacionismo arancelario de Trump y un reciclaje colonialista. De ahí la visión Carney: se vive ruptura, no transición. Explicó: “Las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como medio de presión. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como medio de coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar.” No menciona a Trump. Pero no hace falta, después del frenesí arancelario que México enfrenta, aunque en menor medida que 200 países, y después de Venezuela con un operativo unilateral para secuestrar al presidente Nicolás Maduro, la amenazas a Greolandia y Cuba.
¿Qué hacer? Carney es directo: “Es imposible ‘vivir en la mentira’ de un beneficio mutuo gracias a la integración cuando esta se convierte en la fuente de tu subordinación.” Trump imagina un orden mundial que, con amenazas militares y comerciales, se pliegue ante Estados Unidos. Esto representa peligro máximo para la Unión Europea, que se debilita frente al orden tripolar.
¿Y el orden mundial anterior a Trump 2026? “Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias, entre otras la OMC, las Naciones Unidas y la COP, que constituyen la arquitectura de la resolución colectiva de los problemas, se han debilitado considerablemente.” Esa debilidad debe revertirse con acuerdos estratégicos que no pasen por el visto bueno de Washington. Es fácil decirlo, pero difícil de hacerlo, por el poderío militar estadounidense.
Sucederán muchas cosas en 2026. Ninguna más importante que las elecciones federales en Estados Unidos, donde Trump puede tener freno legal, que no enfrenta en el exterior. Punto clave: las nuevas configuraciones geopolíticas no deben perpetuar asimetrías entre países.
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