jueves 25 junio 2026 12:36 PM
Redactor : Tannia Alcaraz
En una buena escena de acción, el peligro no siempre viene de lo más grande. A veces aparece en un auto que entra por una calle angosta, en una puerta que se cierra tarde o en un salto incómodo. Esa sensación física sostuvo al género durante décadas, antes de que la imagen digital ampliará el espectáculo y volviera más difícil entender qué ocurría frente a la cámara.
El cine de acción no abandonó el Computer-Generated Imagery (imágenes generadas por computadora, CGI por sus siglas en inglés) . La tecnología permite crear mundos imposibles, proteger equipos y aumentar la escala del relato. Lo importante es usarla sin borrar el peso del metal, el asfalto, el cansancio, la velocidad y la posibilidad de error.
A comienzos de los años setenta, Contacto en Francia, dirigida por William Friedkin y estrenada en 1971, mostró una acción urbana seca y casi documental. Gene Hackman interpreta a Jimmy “Popeye” Doyle, un policía obsesivo que recorre Nueva York con energía áspera.
Su famosa persecución impacta porque transmite peligro inmediato. La cámara parece reaccionar al tránsito, al ruido y al desorden de la ciudad. No busca embellecer el caos, sino volverlo incómodo. Ahí aparece una idea clave: la acción puede ser más intensa cuando el espacio se siente real.
En 1981, Los cazadores del arca perdida llevó la acción hacia la aventura clásica. Harrison Ford, como Indiana Jones, corre, cae, trepa, improvisa y se equivoca. Esa vulnerabilidad hace que cada obstáculo tenga gracia y tensión.
Lo artesanal es parte de su encanto. Trampas, persecuciones, golpes y vehículos construyen un espectáculo claro. La cámara acompaña el movimiento sin esconderlo, y la acción revela al protagonista: inteligente, pero también cansado.
Esa claridad también aparece en Máxima velocidad. En 1994, Jan de Bont convirtió una premisa simple en suspenso: un autobús no puede bajar de cierta velocidad sin detonar una bomba. La tensión funciona porque el espectador conoce las reglas.
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Con La supremacía Bourne, dirigida por Paul Greengrass y estrenada en 2004, el cine de acción encontró una estética distinta para hablar de persecución, paranoia e identidad. Matt Damon interpreta a Jason Bourne, alguien entrenado para reaccionar antes de pensar.
La cámara en mano, el montaje rápido y los golpes secos marcaron una época. En Bourne esa forma tenía sentido: el mundo era inestable porque el personaje también lo era.
En esa misma etapa, ver Misión: Imposible III ayuda a ubicar un momento clave de la saga. Estrenada en 2006 y dirigida por J. J. Abrams, no alcanza aún las acrobacias más extremas, pero consolida una idea importante: Ethan Hunt funciona mejor cuando el riesgo se siente físico y personal.
En 2011, Redada asesina, dirigida por Gareth Evans, llevó el combate cuerpo a cuerpo a una precisión feroz. Cada pasillo y habitación se convierte en amenaza. La violencia tiene ritmo, distancia y cansancio. Los golpes se sienten porque la cámara permite entenderlos.
Más adelante, Top Gun: Maverick confirmó que el público aún responde a la acción con una base física reconocible. La película usa tecnología, pero su fuerza está en hacer que la velocidad, la presión y la gravedad se perciban desde adentro.
El futuro del género no depende de eliminar el CGI, sino de volverlo más inteligente. Las herramientas digitales seguirán siendo necesarias, pero el cine de acción más sólido parece avanzar hacia un equilibrio: tecnología invisible, cuerpos entrenados y espacios legibles.
Menos CGI puede ser más cuando permite recuperar algo esencial: la sensación de que la acción ocurre en un mundo con peso. No se trata de hacer películas pequeñas, sino de recordar que una persecución o una pelea pueden impresionar más cuando la imagen conserva contacto con la realidad.
Foto: pexels
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