Hay mentes que, de manera prodigiosa, atrapan la complejidad del mundo y proponen vías de solución a problemas antes impenetrables. Es el caso que hoy nos ocupa: el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, restaurador de la esperanza en el mundo de sociedad anónima que apunta hacia el abismo. Una caída al precipicio gestada por una humanidad que se dejó arrastrar por la “inteligencia ciega” que en la práctica simplifica, fragmenta, aísla el conocimiento y genera inconsistencias cognitivas y culturales que impiden analizar la realidad con un sentido crítico.
En la ignorancia inconsciente, “tal vez seremos testigos o actores del evento desconocido que haga desencadenar la gran avalancha, cuyo rugido repercutirá hasta el fin de los tiempos humanos”. Sin embargo, en la complejidad de Morin es el momento de unir las ideas de resistencia y constituir tejidos embrionarios de las nuevas relaciones sociales; una metamorfosis para el renacimiento de la humanidad.
Escribió Morin en su autobiografía: “Veo que la ausencia de cultura es la fuente de mi cultura. Mi vacío cultural originario aspiró el aire de la curiosidad, el saber, lo imaginario, la búsqueda de la verdad, la búsqueda del bien, la elaboración de mis propias normas. Fui edificado por aquello de lo que sentía sed. (…) Y he cuestionado mi modo de pensar cada vez que el acontecimiento lo contradecía”. El investigador académico reconoce el autodidactismo como elemento decisivo de su formación, además de una amplitud de miras que no elude cuestiones éticas fundamentales ni autocrítica cuando la realidad desmiente ideas personales. La energía intelectual de Morin le hizo decir alguna vez: “Me devoraba el trabajo, devoraba la vida. En mi trabajo ponía mis intereses, mis pasiones, mi vida. El amor nutría mi vida, que nutría mi trabajo”. Este oasis individual se enfrentó, sin perder la alegría, a un océano académico de burocracia y rutina, inercias de pensamiento y modas intelectuales.
Morin, que acuñó para la modernidad el concepto clave de ‘pensamiento complejo’, falleció el pasado 29 de mayo a los 104 años. Quizás su familia demoró el anuncio de su muerte para evitar enfrascarse en protocolos y homenajes que gobierno y academia realizan en automático a figuras relevantes de la cultura. Morin descreía de las pompas y oropeles del mundo político y académico: “En cierto sentido, soy fruto de la cultura universitaria; en otro sentido mi indisciplinariedad y mi transdisciplinaridad hicieron que su alto mandarinato me condenará”.
Si hubiera que escoger alguna idea de Morin para los tiempos nublados que se viven en el mundo por el desorden irracional que imponen los gobiernos nacionalistas y autoritarios, diremos: hay que recuperar su propuesta geopolítica. En el libro Tierra-Patria (1993, editorial Kairós), plantea “la necesidad de educar para construir una conciencia planetaria”. Visto con detalle, esto significa:
1) El sistema político de Estados-Nación fragmenta la conciencia y debemos pasar a otra fase: pensar en el planeta como nuestra casa común, pues la viabilidad de la vida y del ser humano está en juego;
2) Hay que pasar de una “lógica de dominación de la naturaleza” a una “lógica compartida de cuidado ecológico”, apuesta por la solidaridad ambiental y la reducción de las desigualdades en la Tierra-Gaia, nuestro destino compartido. Hoy, las élites financieras piensan en colonizar Marte antes que en mejorar las condiciones generales de vida en el planeta.
Otros elementos de la propuesta geopolítica de Morin se conocieron en La vía (2011), donde propone un mapa de rutas éticas y técnicas para evitar a la humanidad una nueva crisis global. En lugar de avanzar hacia la destrucción a partir de un “paradigma capitalista de ganancias a toda costa, sin importar daños colaterales”, propone reformas sociales con fondo ecológico. La dificultad de la propuesta es que surge de la academia, que no tiene poder político. Morin trató, de forma realista, de persuadir en diversos foros a mandatarios europeos y latinoamericanos. Esas ideas impactaron, de manera desigual, la visión política de una izquierda global que refresca postulados y se desembarazó de los dogmas más recalcitrantes del marxismo.
Más sueños con raíz: cuidar la biósfera atando manos de empresas contaminantes, ser ciudadano de tu región porque eres ciudadano del mundo; combatir el cambio climático, regular las migraciones con derechos humanos homogéneos (no a ciudadanos de segunda y de tercera por su nivel de procedencia), articular protestas ciudadanas globales contra armas nucleares. Existe en Morin un enfoque holístico del pensamiento complejo que es relación dinámica entre las partes y el todo: “en cualquier parte se encuentra el todo, y las partes resignifican el todo”. Una toma de conciencia de “Tierra-Patria” como comunidad de destino, de origen, perdición y renacimiento. Larga vida a las ideas esperanzadoras de Morin.
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