Hace unos días, el gran Tlatoani del partido guinda afiló el lápiz o, mejor dicho, afinó la artillería con el medio más potente y mortal que existe: la retórica, para decirle supuestamente a su carnal Trump: “córtalas, amiguis”. Porque, como en los quiebres de pareja pero dicho a la inversa: “no soy yo, eres tú” o, más bien, “no eres tú, es tu otro tú”. Pero lo que nos queda claro es que tal carta es más efectiva y popular que las cartas a Eufemia, ¿se acuerdan? Pues se las voy a refrescar —me refiero a la memoria, no se vayan a pensar—:
”Cuando recibas esta carta sin razón, Eufemia
Ya sabrás que entre nosotros todo terminó
¿'Ta bien? Bueno”.
Lo interesante de la supuesta carta a Trump es que es un bombazo —y eso que no es el insecticida Oko— para la estabilidad política y social nacional; aquí les explico el porqué:
Primero, la realidad contextual nos permite esclarecer que la carta no es para Donald Trump; es decir, Trump es la excusa, es la ejemplificación del dicho: “Te lo digo a ti, puerta; escúchalo tú, ventana”. Tampoco es para el equipo de asesores y colaboradores que con tanto entusiasmo llama rémoras.
¿Entonces? Vayamos más allá empleando la metodología de la lingüística forense y descubramos qué hay entre líneas.
Una característica de personajes políticos con la notoriedad de AMLO o del mismo Trump es que poseen rasgos de personalidad narcisistas, y aquí debemos ser especialmente precisos: tener rasgos de estos trastornos no significa que lo sean, sino que habrá características en su comportamiento que encajen en este perfil. Aclarado este punto, nos encontramos con una carta donde el “yo” prevalece notoriamente:
Yo hablé con Trump.
Yo le advertí.
Yo resolví.
Yo negocié.
Y yo, yo y yo. Incluso cuando habla de la presidenta, todos los caminos conducen a López Obrador, porque escribe de tal manera que el foco narrativo vuelva a él, y eso nos confirma que es un maestro jugando al yoyo.
Desde la psicología política, esto se denomina liderazgo personalista, pero escarbemos más profundo.
Andrés Manuel manifiesta una fuerte necesidad de reconocimiento histórico; por ejemplo, es reveladora su frase: “hablando de lo que me consta y puedo probar”. Aquí AMLO no pretende defender a su sucesora; no, lo que hace es reivindicar su propia autoridad.
Así que, si textualmente nos está diciendo: “yo estuve ahí, yo sé más que ustedes, mi versión tiene más valor”, aquí se evidencian los rasgos narcisistas de los que hablé: observamos egocentrismo discursivo, fuerte autovaloración, necesidad de reconocimiento, construcción de enemigos y convicción de superioridad de juicio.
Esta carta es una joya para el análisis político y forense, porque desde donde lo miremos vamos a encontrarnos aspectos que nos dicen quién es AMLO y qué pretende.
La Eufemia de esta narrativa no solo tiene cara de Trump; incluye a sus funcionarios, asesores y a la oposición. Mientras que, dentro de los buenos, hay héroes, víctimas y personajes variopintos diseñados al estilo de cualquier protagónico de La Rosa de Guadalupe: Claudia, Morena, el pueblo y el “amiguis” —o sea, el viejo Trump— para controlar las psiques emocionadas y entusiasmadas con los apoyos del bienestar.
¿Alguna vez les pasó que mamá, ante una orden o instrucción seguida de una réplica rezongona nuestra, respondiera con un: “¿porque lo digo yo”? Pues en esta carta AMLO hace algo parecido: tiene la plena convicción de que tiene la razón en todo y necesita que los demás lo sepan. Por ejemplo, él pregunta: “¿Por qué cambió Trump?”, para enseguida responder como parte de una técnica retórica que no solo domina, sino que siempre le ha funcionado.
Y ya que vamos entrando en un interesante camino a la mente del gran Tlatoani, nos inquieta saber: ¿para quién escribió?, ¿quién es su Eufemia o hay más de una?
La carta está dirigida a varios destinatarios, y la número uno de esta lista es Claudia Sheinbaum, pa' que se vaya enterando de que su verdadero patrón “sigue siendo el rey”; es decir, aquí en México el que manda es él y no necesita ir con la Chapoy para ventanearla. Al mencionarla al inicio, AMLO no busca reconocerla; su intención es reivindicarse él mismo, echándole la culpa a Trump.
En segundo lugar, es un llamado directo a sus fans —perdón, quise decir a su pueblo—, a sus simpatizantes que siguen adormecidos bajo el encanto de la serpiente, y no precisamente Quetzalcóatl. Es un llamado a sumarse y a creer que hay una amenaza inminente a la soberanía nacional, cuando el verdadero tema es la estabilidad de su partido: Morena.
Cuando AMLO dice: “Algunos funcionarios de Estados Unidos están tramando debilitar a Morena”, México deja de ser importante como nación porque su gallina de los huevos de oro corre peligro. Para Andrés Manuel, atacar a Morena es lo mismo que atacar a México, y esto, desde la teoría política, es muy significativo porque no se trata de una defensa institucional: es una defensa partidista en empaque de defensa nacional.
El uso de expresiones como “lo que me consta”, “puedo probar”, “le dije”, “le advertí” o “tomó en cuenta mi opinión” no solo lo colocan en el centro de los acontecimientos; lo que nos está diciendo es que él sigue siendo la referencia para entender la relación con los Estados Unidos. Prácticamente nos grita que lo necesitamos para ver y entender que él es nuestro héroe, y que si ha interrumpido su retiro es para venir a prevenirnos, a apoyar al pueblo mexicano y a su presidenta.
La carta no es emotiva, no es impulsiva; es el elemento más sofisticado envuelto en un aura de perfección. No porque sea perfecta, sino porque en ningún lado hay presencia ni reconocimiento de errores; es más, cierra casi casi al estilo de Ricky Martin diciéndole a Trump: “vuelve, que sin ti la vida se me va”... o mejor dicho, Morena. No está diciendo que Trump esté equivocado —¡tómales!—; está diciendo que ese no es el verdadero Trump.
O AMLO está perdiendo el encanto o hay quien ya le cayó en la movida. Porque para salir a hablar como el personaje que ahora les cuento, salirse de la línea y decir que no está de acuerdo con sus principios e ideología —la cual tacha de fallida— se requiere valor, y hay que reconocerlo.
El valiente es Chucho Alí, quien sale a la arena para luchar cual David contra Goliat. En una carta dirigida a Andrés Manuel López Obrador y difundida en redes sociales, Jesús Alí de la Torre le habla de frente como nadie se ha atrevido a hacerlo. Su carta podemos dividirla en 5 puntos:
El mito seductor del petróleo de “Maravillas”, que Alí describe como puras mentiras.
Los perdones del Tlatoani y la sombra del Cártel.
El falso cimiento de la refinería.
El abandono en la antesala, porque la burla no se perdona al decir que el sistema de salud actual es como el de Dinamarca.
El Maximato y el trono imperial ubicado en Palenque.
De hecho, es memorable la parte final del escrito de Chucho Alí:
”Su carta solo es digna de quien presume cuanto poder tiene y cuanto amor al poder, a su irascible forma de aferrarse a la historia que ya le ha juzgado como el peor y más mentiroso Presidente. La Patria sabrá revelarse, aun si tenemos que ir a manifestarnos hasta Palenque en donde usted piensa que tiene su trono imperial, y en donde usted piensa que será inalcanzable por la justicia que por el bien de México, esperamos y sea pronta”.
Lo que ahora es interesante preguntarnos es: ¿habrá represalias?, ¿habrá persecución política? Hasta el momento, casi nadie que se haya atrevido a criticar al sistema ha salido bien librado. Quiere decir que debemos estar atentos para ver qué tanta libertad de expresión se puede tener sin sufrir las consecuencias, porque si con Trump no se anduvo por las ramas, mucho menos con un exedil dispuesto a poner los trapitos al sol.
Mientras tanto, hoy para todo México queda demostrado que, detrás de la presidencia de una mujer, hay un Tlatoani que está de regreso para arreglar los descalabros, no de Trump, sino de su propia casa: Morena.
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