Un cuento de "Las Mil y Una Mañaneras" en el reino de Jarochistán
La congruencia es una cualidad personal que le otorga a las personas un valor excepcional acerca de lo que es como ser humano y en imagen pública es oro molido porque no basta parecer sino realmente ser lo que se dice que es.
El problema es que en la esfera política, pocos son los personajes que realmente son congruentes no solo con sus ideales políticos sino con sus valores, con su ética como seres humanos.
Permíteme contarte una historia, claro no será al estilo de Tin Tan en Las mil y una noches porque aunque mucho quisiera no podría vivir del cuento pero tampoco soy "Ven Acá" (personaje interpretado por María Antonieta Pons) en esa película, pero eso sí le haré la lucha.
La Historia del Cortesano y el Cambio de Viento
En la corte de Luis XIV, el "Rey Sol", existía una regla no escrita: nadie podía tener una opinión propia que no fuera un reflejo de la voluntad del monarca.
Se cuenta que un cortesano de alto rango había iniciado una persecución feroz contra un rival, acusándolo de traición grave para demostrar su "mano dura" y lealtad al reino. Estaba convencido de que su severidad le ganaría el favor real. Sin embargo, durante una cena, el Rey comentó casualmente: "En mi Francia, la traición es un concepto del pasado; aquí solo hay súbditos confundidos".
Al instante, el cortesano entendió que su postura de "persecución por traición" lo dejaba fuera de sintonía con la narrativa del Rey. Sin pestañear, al día siguiente cambió los cargos contra su rival por "faltas administrativas menores", argumentando que, tras una "reflexión profunda", se dio cuenta de que el Rey tenía razón: la traición era una exageración.
Aunque esta es solo una historia, destaca una de las lecciones más importantes del famoso best seller "Las 48 leyes del poder" de Robert Greene, como la Ley 24 que enseña a desempeñar el papel de cortesano perfecto.
Greene utiliza ejemplos históricos reales como los de Talleyrand (quien sobrevivió a múltiples regímenes en Francia cambiando de opinión según el líder en turno) o el arquitecto Mansart, que dejaba errores a propósito en sus planos para que el Rey Luis XIV los "corrigiera" y se sintiera superior.
Sin embargo, lo mejor de las teorías y las leyes es su aplicación en la vida cotidiana y nuestro pintoresco y amado país es pletórico en este tipo de casos que superan el mejor caso de La Rosa de Guadalupe, para prueba basta un botón:
Dice mi mamá que siempre no
Recientemente el gobierno actual ha demostrado que la ley tiene vacíos para salirse con la suya y que la libertad de expresión se ve preciosa en la ley pero en la vida real: "calladito te ves más bonito".
Con la ley mordaza que se ha dejado sentir, "mejor te callas o el gobierno te abraza" y estos no son los abrazos sugeridos por AMLO para combatir el crimen, sino el abrazo traidor que viene con la cárcel y la humillación pública como escarmiento por expresarse.
Así pues, como algunos políticos de esta generación tienen una tolerancia frágil a la crítica, nos referiremos al caso donde la presidenta Sheinbaum hace referencia a que en nuestro país jamás se ha encarcelado a nadie por terrorismo.
Y como la ley del cortesano perfecto indica no llevarle jamás la contraria al monarca, digamos que la gran Emir de Jarochistán, después de la mañanera de la gran Sultana o La Padishah (La "Reina de Reinas") Shein-Ban, quien dijo que el término de terrorismo jamás se ha usado para casos como el del periodista Rafael León Segovia.
Así que después de escuchar tal declaración, se armó el revuelo en Jarochistán, y su gran Emir secundó la declaración de la sultana.
Hoy, los medios anuncian con bombo y platillo que se hizo un borrón y cuenta nueva y que la Fiscalía de Jarochistán le dio una arregladita a la acusación; se quitó el cargo de terrorismo pero el acusado sigue siendo acusado porque aunque ya no es terrorista, se atrevió a hablar mal y dañar a la gran Emir de Jarochistán.
Y aunque nuestra realidad se rige bajo un libro como el de Robert Greene, queda claro que el caso de León Segovia es la lección al estilo del viejo refrán: "te lo digo a ti puerta, escúchalo tú ventana".
Los funcionarios públicos como los políticos deben entender que son figuras públicas y no monedas de oro, que son sometidos al escrutinio público, que siempre se hablará de ellos bien o mal, y sobre todo, que la credibilidad de la gente y su respeto se gana con coherencia, congruencia y respeto.
Porque acusar de terrorismo y luego retractarse no es un ajuste jurídico ni una reconsideración ética: es la evidencia de un poder que no tolera la crítica y de funcionarios que, cuando manda la Sultana, prefieren obedecer antes que sostener la verdad.
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