OPINIÓN

Gentrificación: territorio como negocio

La globalización tiene consecuencias nocivas cuando la ambición económica se impone a la diversidad cultural. 

Tal es el caso de la gentrificación en México, donde los intereses materiales prevalecen sobre el bienestar social y la ética. 

La nueva ruta del  neoliberalismo salvaje. El esfuerzo político de la Cuarta Transformación para alcanzar estabilidad económica, sirve también como oportunidad de explotación para los promotores de la gentrificación. ¿Consecuencias? Alza desmedida en el alquiler de edificios y pisos/habitación, inflación en insumos básicos, proliferación de comercios made in China, crecimiento de maquiladoras, todo con impacto en los bolsillos y la identidad de ciudadanos que se sienten extraños en su tierra.  

El Mundial de Fútbol es ejemplo de gentrificación. Su proximidad aceleró la especulación inmobiliaria en ciudades sede: Monterrey, Guadalajara y CDMX. Las tarifas se disparan en plataformas como Airbnb, alquiler de corta estancia, y servicios de transporte como Uber o DiDi. Al dejar de rodar el balón, vendrán más espectáculos mundiales para mantener la carestía en los servicios. 

Otro ejemplo: en las vacaciones de Semana Santa se notó la proliferación de restaurantes administrados por inversionistas extranjeros en San Cristóbal de la Casas (Chiapas), Playa del Carmen (Campeche), Cancún (Quintana Roo), Puerto Vallarta (Jalisco) y Los Cabos (Baja California). Los migrantes adinerados también invierten en “playas”, compran  edificios y fraccionamientos para rentar, adquieren hoteles y venden paseos turísticos. 

La gentrificación no respeta entornos culturales: hay viraje brusco de un espacio urbano deteriorado o modesto, para convertirse en área adinerada y elegante con la llegada de individuos con mayor poder adquisitivo. La mejora económica no es pareja. La riqueza no se distribuye. En los estudios urbanos, gentrificación es proceso de desalojo de las clases populares de sus entornos habitacionales, por políticas públicas que privilegian el lucro antes que la convivencia. Desaparece la idea de ciudad como espacio solidario y vivible. Gana el capital, pierden las personas. 

El fenómeno tiene escala nacional: apropiación de barrios populares, playas, terrenos productivos o zonas turísticas, que se convierten en negocios lucrativos para corporaciones transnacionales. Cambia la lógica social al convertir las ciudades y los litorales en capital multiplicado. La gentrificación, en su versión extrema, significa la exclusión de habitantes originarios de los espacios que ellos ayudaron a construir. 

¿Cómo cobra auge la gentrificación? Por la lógica capitalista neoliberal de multiplicación de ganancias. No importa si, en un momento dado, se producen atropellos a las culturas locales: deterioros arquitectónicos, monopolio de bienes y servicios, creación de zonas exclusivas por caras. El capital tiene identidad ‘dinero’, no memoria y diversidad.    

¿Desde cuándo se adopta ese modelo? Años 80’s del siglo XX: con el deshielo comunista y el triunfo simbólico del capitalismo, las políticas públicas en la región latinoamericana generaron un marco legal que favoreció la inversión especulativa.  

Desde el punto de vista cultural, la gentrificación provoca un revival nacionalista que atropella a lo diferente. No todo lo diferente es invasivo y ostentoso. Hay que diferenciar la búsqueda migrante por mejores modos de vida frente al apetito transnacional de ganancias con deterioro de entornos urbanos y naturales. Hay que diferenciar a los grandes empresarios de personas jubiladas que buscan tranquilidad alejándose del bullicio de sus países de origen. 

Por la gentrificación urge la revisión de prioridades sociales en las políticas públicas. Los gobiernos nacionales tendrían que responder primero a sus ciudadanos, no al capital que busca adueñarse de entornos naturales y habitacionales para su uso a destajo.

¿Qué ha ocurrido en fechas recientes? La gentrificación extrema provoca efecto de xenofobia (odio a los extranjeros) que resulta preocupante en el siglo de los derechos. Esto otorga a cada individuo una dignidad ejemplar. Este rasgo, de gran valor cultural, no debe pasarse por alto.

La gentrificación, como nuevo rostro del neoliberalismo, exige políticas regulatorias urgentes. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir el territorio nacional en un enclave administrado por capitales extranjeros, donde la población local quede reducida a proveedora de servicios y mano de obra alquilada.

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Erasmo Marín Villegas

Licenciado en Comunicación por la Universidad Veracruzana y Maestro en Docencia por la Universidad del Valle de México Campus Vill...
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