OPINIÓN

El poder político y la familia

22 feb 2022 | Ricardo Homs

En el marketing político hoy se analiza con mucha seriedad la influencia de la familia y los amigos cercanos, en la reputación de gobernantes y candidatos. Ellos representan un área de alto riesgo.

Quienes hoy se convierten en figuras públicas se vuelven vulnerables a través de su familia.

Sólo por el blindaje reputacional y el afecto que rodea al presidente López Obrador, es que hasta ahora ha podido contener el huracán de la “casa gris”, que para cualquier otro gobernante de México o el extranjero habría sido un asunto indefendible, pues cada vez que explican algo se enredan y abren nuevos flancos de vulnerabilidad.

Sin embargo, -como dice Ana María Salazar Slack en su artículo en El Financiero-, donde no habrá control de daños es en el extranjero. Ahí no cuentan con el beneficio del poder que protege a esta familia en México.

Debemos entender cómo opera el mundo de hoy, -dominado por las redes sociales-, donde la transparencia es un requisito indispensable para mantener limpia la reputación.

Sin embargo, quienes rodean a gobernantes, candidatos, políticos y figuras públicas, -incluyendo su familia cercana-, intentan llevar su vida con total independencia y a veces hasta con exhibicionismo.

A su vez, la cercanía con el poder o la fama despierta en el común de la gente una curiosidad morbosa, por lo cual la familia de actores políticos siempre estará bajo escrutinio público.

Es notorio que ha surgido una nueva conducta colectiva en las redes sociales digitales. El exhibicionismo se manifiesta como pandemia contagiosa. Quienes participan en redes sociales muestran una tendencia a obsesionarse por ser envidiados y para ello deben mostrar lo que poseen, en este contexto donde el éxito se mide en función del dinero.

Cómo olvidar aquellas fotografías que exhibió en redes sociales la hija del líder petrolero Carlos Romero Deschamps, presumiendo sus viajes en avión privado y lujos, lo cual evidenció el privilegiado nivel de vida que su padre le ofrecía. Que su padre fuese líder sindical generó suspicacias respecto al monto de su fortuna personal y el origen de esta.

A su vez, quien exhibió la existencia de la “casita blanca” fue la misma Angélica Rivera, lo cual generó un tsunami para quien en ese momento era su esposo, el presidente Peña Nieto. A partir de ese hecho vimos cómo se impactó negativamente la credibilidad del presidente, lo cual fue aprovechado precisamente por quien era un importante líder político de oposición, -Andrés Manuel López Obrador-, quien tuvo un rol decisivo para desgastar la imagen de Peña Nieto, desarrollando la narrativa de la corrupción en el círculo cercano al presidente.

La vida privada de las figuras políticas hoy se funde con sus actividades públicas, generándoles vulnerabilidad.

En el ámbito de la vida privada es donde aparece la familia, dando indicios, -si no de actos delictivos, sí de acciones que lastiman la sensibilidad pública de este país resentido-, los cuales son capitalizados por los adversarios políticos.

Hoy la fortaleza de la imagen de una figura pública se sustenta en la discreción de su círculo cercano, para no dar pie a que los familiares den tema para que los adversarios tengan argumentos para desgastar su imagen. Recordemos que vivimos en la era de las percepciones, donde lo verídico no es relevante, sino lo que la gente quiere escuchar.

El morbo es el alimento de la curiosidad y las familias de los políticos siempre dan pie al escándalo, pues no olvidemos que la política paga muy bien, económicamente, a quienes se dedican a ella. Por tanto, simplemente con que alguien de la familia exhiba sus pequeños lujos y frivolidades, será suficiente para herir susceptibilidades colectivas en un importante sector de población de nuestro país, que día a día lucha por su sobrevivencia.

Si hoy viviera John F. Kennedy y gobernase Estados Unidos, apenas fuese descubierta su relación extramarital con la actriz Marilyn Monroe, el escándalo en redes sociales seguramente propiciaría una crisis política que podría derivar en su renuncia. Esto destruiría el mito del gran presidente patriota, guiado por valores morales. Se descubriría el entramado familiar y esto llegaría a ensuciar la imagen de su padre, vinculado con el contrabando de Whiskey en la era de la “ley seca”, -aplicada en Estados Unidos en los años veinte-, lo cual fue el origen de la fortuna familiar.

Definitivamente el contexto ha cambiado en unos pocos años. A partir de las redes sociales los escándalos no se encapsulan ya en el país de origen, sino que dependiendo de la importancia del personaje se pueden convertir en tendencia noticiosa global. Esto no lo ha entendido aún nuestro presidente.

Lo que con desparpajo y de modo casual él comparte a los seguidores de la 4T en Las Mañaneras, por la importancia que México tiene el mundo, seguramente llegará a interesar a los grandes públicos internacionales, que lo interpretarán con una óptica objetiva, pretendiendo entender lo que sucede en nuestro país. Esto puede impactar a las inversiones y el turismo.

El presidente López Obrador no se ha escapado a la maldición de los escándalos familiares. Aún están presentes en la memoria colectiva los videos de los dos hermanos recibiendo dinero y la prima del presidente haciendo negocios con gobierno.

Los tres casos están hibernando en el “limbo de la impunidad”, igual que se hacía antes. Sin embargo, el asunto de la “Casa Gris” podría tener graves repercusiones jurídicas en Estados Unidos, lugar donde radica José Ramón y donde su esposa se desenvuelve profesionalmente en el ámbito de los hidrocarburos. Allá los criterios morales tienen otros significados. La visión ética sí genera consecuencias.

EL RECUENTO DE LOS DAÑOS

Cuando nos referimos al recuento de los daños a partir de la 4T invariablemente nos referimos al impacto negativo que este gobierno y sus aplaudidores nos dejarán en la economía. El legado quizá represente un retroceso de décadas.

Pero también están los daños en el ámbito institucional.

El nuestro es un país que ha evolucionado creando durante los últimos años sistemas e instituciones que garantizan nuestra vida democrática, -que si bien aún no son perfectas-, sí son bastante funcionales. Sin embargo, hoy México enfrenta el peligro de desandar lo andado.

Todas estas instituciones están bajo un asedio constante, con la amenaza de ser dinamitadas si no se doblegan ante el presidente. El INE, INAI, e incluso la SCJN, -institución que ha podido mantenerse con relativa independencia, muy acotada y siempre bajo presión-, así como otras instituciones más que día a día luchan por sobrevivir hasta el día siguiente.

Si perdemos a esas instituciones el retroceso será incalculable, en un país que, hasta hace poco tiempo, -bajo la influencia de una incipiente cultura democrática-, luchaba por sacudirse el gen autoritario implícito en el cacicazgo, tan arraigado en el alma colectiva del mexicano.

Hoy esos tiempos, -denominados neoliberales según la liturgia de la 4T-, parecen ser lejanos, pero nos hablan de sueños de libertad, sustentada en la institucionalidad y el estado de derecho.

Si perdemos este capital institucional, -de alto valor para nuestra frágil democracia-, retrocederemos socialmente a como estábamos a mediados del siglo XX.

Mientras tanto, los países equivalentes al nuestro seguirán evolucionando a gran velocidad hacia una sociedad igualitaria de verdad y no de pura palabrería y demagogia. El rezago pronto será evidente.

Sin embargo, hay un daño aparentemente invisible pero que nos rodea y nos envuelve, que se respira a cada momento en este México de hoy: es el daño a la moral del mexicano. Es un daño espiritual muy difícil de resarcir.

Los daños materiales con esfuerzo y ahorro se recuperan, pero las cicatrices invisibles requieren de grandes terapias, que sólo funcionan si existe el firme deseo de superarlas. Sin embargo, manipulando rencores y resentimientos este gobierno ha contaminado el ánimo colectivo, de tal forma que un gran sector de México está atrapado en el círculo vicioso de la desconfianza y por tanto, está negado a la conciliación.

Un país que tradicionalmente ha sido solidario frente a los grandes problemas, vemos que hoy está confrontado bajo el influjo de la demagogia de los resentimientos.

¿Qué tanto afecta en el ánimo colectivo la narrativa polarizante, sustentada en agravios ancestrales que rescatan rencores y resentimientos? Esto sólo exacerba los ánimos, nos confronta y estimula la violencia, ahora justificada moralmente como una revancha social.

Este ánimo colectivo caracterizado por la pérdida de la moral es un daño aún no valuado, pues el deterioro ha sido imperceptible, pero continuo. Es una enfermedad letal e invisible, pero de graves repercusiones sociales, políticas y hasta económicas. Pobre México.

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