OPINIÓN

Algo hicimos mal

23 ene 2022 | Ricardo Homs

Es evidente que estamos viendo el surgimiento de un México encabronado y resentido… con justa razón. La falta de oportunidades es la culpable de las desigualdades sociales y económicas. Esto nos lleva a entender que este es un país de graves carencias, donde a muchos les falta lo básico.

También debemos reconocer que esta injusta circunstancia ha tenido dos pilares: la estrategia gubernamental de “administrar la pobreza” con paliativos económicos que ayudan a las familias en lo inmediato, pero no resuelven de fondo la problemática. Además, una visión tradicionalista de la cultura empresarial, -centrada en las utilidades-, pero sin compromiso social.

Es evidente que un indicador del desarrollo de un país es que el grueso de su población esté conformado por la clase media. Este es un segmento que vive confortablemente, sin problemas económicos y con poder de compra. Además, es autosuficiente financieramente y su calidad de vida depende de su propia productividad. Por tanto, no depende de ningún modo de ayudas gubernamentales. De este modo, la clase media es políticamente independiente, crítica y exigente de sus derechos, pues está consciente de que el gobierno vive a costa de sus impuestos.

Esto nos explica por qué la 4T le tiene tanto miedo a la clase media. El presidente López Obrador ya ha manifestado sus críticas a la clase media en una de sus “mañaneras”.

Sólo nos queda preguntar ¿Por qué fustigar el legítimo derecho que tiene cada mexicano de tener aspiraciones consumistas? A final de cuentas el consumismo es el motor de la economía, pues genera productividad y con ello más empleos. ¿Por qué debiese cada mexicano conformarse con un par de zapatos en lugar de estimularlo a que tenga aspiraciones de vivir en un entorno de bonanza?

La única razón es que la pobreza ha sido, es y será, una reserva electoral para el gobierno en turno si no rompemos este círculo vicioso de la dependencia. Por ello, en México aún seguimos en la cultura de la “dádiva” a través de los programas sociales, en lugar de generar condiciones para ofrecer oportunidades laborales y de negocio para que las familias mexicanas vulnerables abandonen la pobreza para siempre.

Como referencia podemos decir que con una visión de libre mercado varios países asiáticos que hasta pocos años estaban atrasados y algunos hasta en guerra, -como la República de Corea y Viet Nam-, además de otros que hoy son potencias económicas, -como Singapur y Taiwan- , sólo por citar algunos, han logrado abatir la pobreza.

Lo mismo sucede con los Emiratos Árabes Unidos, donde Abu Dabi y Dubai se han convertido en ejemplos de calidad de vida para su población. El petróleo sirvió para impulsar la economía de los EAU, pero hoy se están diversificando hacia nuevos sectores económicos con mucho éxito.

Por otra parte, nos encontramos con una cultura empresarial que estimula la visión de los negocios como simples generadores de dinero. Esta ausencia de visión social no ha estimulado prácticas solidarias para con empleados y trabajadores.

Por tanto, existen dos visiones: la gubernamental, que intencionalmente busca proteger su reserva electoral propiciando dependencia económica y agradecimiento a partir de las dádivas, disfrazándolas como políticas sociales y por otra parte, tenemos la falta de salarios justos y prestaciones, que constituyen la tradicional y ancestral práctica de los negocios.

Sin embargo, mientras los resentimientos se azuzan desde la 4T para frenar la movilidad social, que es legítimamente “aspiracional” y se pretende dividir a la sociedad para controlarla a través de los programas asistenciales, en contraste hoy vemos que desde algunos ámbitos de los organismos empresariales cúpula surge una convocatoria para cambiar radicalmente nuestra cultura empresarial.

Después de hacerse autocrítica a sí mismos, desde los organismos cúpula empresariales hoy surge un planteamiento solidario, con visión de futuro, que puede representar un cambio verdadero en la forma de transformar las relaciones laborales.

De hecho, la iniciativa para el incremento al salario mínimo otorgado al inicio de este sexenio, no partió del gobierno federal, sino que fue una oferta que nació del sector empresarial, iniciándose en 2016 través de Coparmex, aunque el gobierno federal se haya adjudicado de forma unilateral este mérito.

Max Weber, sociólogo alemán de inicios del siglo XX, en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, -publicado en 1905-, define las diferencias fundamentales entre las visiones productivas prevalecientes en el mundo.

Describe que el éxito de las principales potencias económicas del mundo se sustenta en la responsabilidad social planteada por las doctrinas protestantes, que profesan esos países. El protestantismo define que el trabajo enriquece el espíritu y además, ofrece la oportunidad de generar riqueza que se reinvierte para generar empleos y ofrecer prosperidad para toda la comunidad.

El miércoles 19 de enero Juan Pablo Castañón, -ex presidente nacional de Coparmex y del Consejo Coordinador Empresarial-, dio una plática en Veracruz ante los socios de esa agrupación empresarial.

El centro de las propuestas fue la necesidad de replantear la misión emprendedora para ubicarla como una actividad que debe tener como prioridad el beneficio colectivo, en una dimensión económica centrada en las personas, en lo que se podría definir como una economía humanista.

Esta visión económica inicia con el reconocimiento de que “algo hicimos mal”, pues como empresarios olvidamos el compromiso con la sociedad, por tener centrada toda nuestra atención en los resultados económicos.

Sin embargo, -a partir de esta reflexión-, Castañón propone promover una visión empresarial humanista, centrada en el compromiso social, sin descuidar los objetivos de las empresas, que es generar utilidades.

Solamente generando buenos resultados se podrá compartir la bonanza con el personal y estimular que esta llegue también a toda la cadena productiva que está detrás de cada negocio y empresa. Sólo a partir de una actitud empresarial solidaria se podrá transformar a este país.

El reto no es desestimular a los que han tenido éxito como retribución a su esfuerzo, trabajo y dedicación, sino estimular la productividad para que haya mucho más para compartir.

LA SANTIFICACIÓN DE LOS CULPABLES

¿Por qué será que cada vez que alguien cercano a nuestro presidente es cuestionado, en lugar de solicitar una investigación a fondo para exonerarlo, o si es culpable, hacerle caer el peso de la ley, sale a defenderlo?

Esto es lo que han hecho todos los presidentes anteriores… pues no han querido enterarse de la verdad. Si Peña Nieto defendió a Rosario Robles y desestimó las pruebas de la denominada “estafa maestra”, hoy vemos que este presidente igual protege a Delfina Gómez respecto de la acusación del “diezmo”. ¿Esta es la nueva forma de aplicar justicia?

Es evidente que no existe el interés ni la predisposición presidencial por descubrir la verdad y por ello exonera a sus colaboradores a priori, asumiendo que existe una campaña en su contra.

El caso de la ex directora general del DIF, Rocío García Pérez, es muy descriptivo, pues ha sido denunciada por cinco funcionarios de ese instituto por obligarlos a devolver en efectivo, cantidades equivalentes hasta el 4% de su salario mensual. Sin embargo, no sólo no fue investigada, sino que fue ascendida a subsecretaria dentro de la Secretaría del Bienestar.

El evidente mensaje al pueblo es: “la corrupción está en otra parte”.

¿A usted qué le parece?

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