Hoy en día, la gente ya no respeta nada. Antes poníamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley... La corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas. (Declaraciones de Al Capone al periodista Cornelius Vanderbilt Jr. Entrevista publicada en la revista Liberty el 17 de octubre de 1931, unos días antes de que el gánster fuera encarcelado).
En esta declaración —recuperada por Eduardo Galeano en su libro Patas arriba: la escuela del mundo al revés—, el famoso jefe criminal reconoció que su imperio se desvaneció al ser traicionado por los socios corruptos con quienes cogobernaba la ciudad de Chicago. Su captura fue de los primeros espectáculos mediáticos judiciales, mereció entonces, especial cobertura en la prensa, radio y cine.
Con la llegada de la globalización todo se registra y se difunde a nivel mundial; el romance del presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky. Más tarde, el reality show informativo se perfeccionó con el caso de O.J. Simpson —el juicio por doble asesinato contra el exjugador de fútbol americano— y el acoso de los paparazzi en la muerte de la princesa Diana de Gales. Ante la intromisión deliberada de los medios de comunicación, hoy los enjuiciados se hacen acompañar no sólo por abogados defensores, sino también por expertos en control de crisis para prensa y redes sociales. En este escenario, los juicios imparciales no existen; lo que realmente importa es la percepción de los espectadores.
En la actualidad, los tribunales federales de Estados Unidos deliberan en audiencias privadas y públicas sobre los casos de alto perfil de personajes vinculados al narcotráfico, como los mexicanos Ismael "El Mayo" Zambada y Joaquín "El Chapo" Guzmán, así como el presidente venezolano Nicolás Maduro. Tras una intensa exposición mediática, estos procesos recuerdan la estrategia de cambio de mando similar a la utilizada históricamente con Al Capone. Bajo este enfoque, y con la proliferación de las drogas sintéticas, las cúpulas criminales prefieren delegar la fabricación, distribución, venta y lavado de dinero en bandas con presencia en territorio norteamericano, un intento de nacionalizar el negocio de las drogas.
El periodista mexicano Jesús Esquivel, en su libro “Los cárteles gringos” identifica a pandillas y clubes de motociclistas como organizaciones criminales que venden drogas en las calles de EE.UU. Refiere: "el FBI nos entregó un reporte en el que manejaban que en Estados Unidos había unas 33 mil pandillas violentas y que tenían un aproximado de un millón 400 mil miembros". El departamento de Justicia estadounidense también identifica a decenas de bandas como "traficantes de drogas" y "amenaza nacional", pero no las considera cárteles.
La palabra cártel viene del concepto alemán kartell: “confabulación entre comerciantes para eliminar la competencia y controlar precios y distribución de un producto cualquiera.” Los grupos que controlan precio y distribución de estupefacientes en EE.UU. pueden llamarse cárteles, aunque no le guste al gobierno de Donald Trump, que tipificó como “terroristas” sólo a grupos de narcotráfico extranjeros.
Según Esquivel, la diferencia es la denominación mediática: “pueden tener la membresía típica de una pandilla o club de motociclistas y funcionan como células locales bajo un líder -llamado "presidente"- un sublíder -vicepresidente- y otros cargos de rango menor.” De ahí se desparraman miles de distribuidores y vendedores callejeros. Estos grupos no muestran ‘lealtad’ a ningún cártel de México, Colombia u otro país: pactan el envío a la frontera de cargamentos de drogas y ahí se encargan de la logística de transporte, distribución y venta. Después reparten ganancias y pagan a los cárteles por lavado de dinero en el sistema financiero de EE.UU. y transporte oculto de efectivo vía frontera sur. La postura estadounidense es contradictoria: hay adictos y se venden drogas, pero no hay cárteles.
Punto clave de la narrativa de EE.UU. es el descabezamiento de capos como solución definitiva: "En algún momento se decía que El Chapo era el gran capo del mundo y del narcotráfico. Con la narrativa de la DEA, se daba a entender que era cuestión de detenerlo para que se acabara el narcotráfico en México. Ya está detenido, sentenciado y no ha cambiado nada", apunta Jesús Esquivel. Lo mismo ocurrió con el Mayo Zambada. ¿Entonces?
El exjefe interino de la DEA, Jack Riley, habló públicamente de la presencia de cárteles estadounidenses en mayo 2016, en audiencia ante el Congreso, con la "Iniciativa de Cárteles Domésticos” (ICD: Domestic Carteles Initiative). Objetivo: conseguir recursos para el combate a las organizaciones internas del narcotráfico. El proyecto se congeló.
Si Estados Unidos quisiera de verdad combatir el narcotráfico internacional y evitar las muertes por fentanilo en su territorio, debería reconocer al elefante en su sala: la existencia de una estructura política y financiera que incentiva allá venta de drogas a gran escala.
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