Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento, así concebía la Acción Comunicativa el filósofo alemán Jürgen Habermas, para quien el lenguaje debe estar vinculado en la rectitud moral y la verdad del conocimiento.
A la edad de 96 años, el sábado 14 de marzo de 2026 falleció Jürgen Habermas, presencia cultural clave para comprender el mundo moderno. ¿Cuál es la importancia de Habermas en el corpus de ideas de la Escuela de Frankfurt? El marxismo clásico realizó una crítica de la economía política a la que faltaba un diagnóstico cultural y comunicativo. Este elemento cultural -con análisis del lenguaje y una teoría crítica del discurso- lo desarrolló la escuela de Frankfurt, cuyo representante más avanzado fue Habermas. De este modo, la modernidad capitalista no fue comprendida como puro conflicto entre actores económicos: entraron en juego cultura y comunicación para explicar las relaciones de poder en el capitalismo. Habermas llevó un escalón más arriba la postura marxista que establece una relación dinámica -de ida y vuelta- entre estructura material y superestructura cultural. No es relación petrificada, como malentendieron discípulos de Marx al principio del siglo XX; ni es relación indeterminada, como asumieron pensadores de la posmodernidad a principios del siglo XXI.
Una aspiración central de Habermas fue “plantear la comunicación como acuerdo racional intersubjetivo”. Si no podemos comprender al 100% la subjetividad de otra persona, hay que argumentar: ofrecer razones para hacernos comprender de manera intersubjetiva: compartir ideas, en diálogo constructivo, facilita el despliegue de empatía.
Habermas desconfiaba de la ciencia y de la técnica, fetiches dorados del pensamiento moderno: “La conciencia tecnocrática es, por una parte, menos ideológica que todas las ideologías precedentes, pues no tiene el poder opaco de una ofuscación que sólo aparenta, sin llevarla a efecto, una satisfacción de intereses. Pero, por otra parte, la ideología de fondo, más bien vidriosa, dominante hoy, que convierte en fetiche a la ciencia, es más irresistible que las ideologías de viejo cuño, ya que con la eliminación de las cuestiones prácticas no solamente justifica el interés parcial de dominio de una determinada clase y reprime la necesidad parcial de emancipación por parte de otra clase, sino que afecta al interés emancipatorio como tal de la especie”. Este marxismo ilustrado, que detecta la trampa cultural de la modernidad capitalista, convierte a Habermas en pensador distinto a la Escuela de Frankfurt y su teoría crítica. Teodoro Adorno y Herbert Marcuse, maestros de Habermas, quizás no detectaron la trampa principal: el mercado, a través del consumo, gobierna suavemente. Así se instaura la ruta de pensamiento único. Y los actores públicos no pueden salir de ese campo cultural.
Habermas no tenía dogmas antiguos ni modernos. Su actitud reflexiva le evitó rigideces teóricas. En Teoría de la Acción Comunicativa (1983) analiza formas de gobernanza: “Los neoconservadores quieren atenerse a cualquier precio al modelo de la modernización económica y social capitalista. Siguen concediendo prioridad al crecimiento económico, protegido por el compromiso del Estado social, aunque también más estrangulado cada día que pasa. Contra las consecuencias socialmente desintegradoras de este crecimiento, buscan refugio en las tradiciones ya sin savia, pero retóricamente evocadas, de una cultura chata y de sala de estar. No se ve por qué habría de esperarse un nuevo impulso desviando de nuevo hacia el mercado aquellos problemas que, durante el siglo XIX, por muy buenas razones se vieron desplazados del mercado al Estado”. Hoy se vive un dilema similar, con una vuelta de tuerca: problemas sociales que el mercado no supo resolver, son de nuevo agenda de los gobiernos progresistas.
Habermas lo sabía: las redes sociales no contribuyen a crear una esfera pública para el intercambio de ideas, al contrario, su fin es desintegrar, pulverizar o desaparecer las afirmaciones válidas de crítica, activan las fake news para deformar la percepción de la esfera pública política y lograr que las noticias falsas ya ni siquiera pueden identificarse como tales. Por el momento, el argumento razonado es la salida viable al laberinto de la desinformación.
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